La vi caminar con el paso imperturbable de los ancianos. Tuve que detenerme para estar segura, pero sus ojos verde-azules me dieron la certeza. Disculpe, ¿usted es América no?, América, la maestra? Si mijita y tú eres? Leslie, profe, leslie salgado. Ahh!!, leslie-ee.

Conversamos apenas unos breves minutos. Me debatía entre el deseo de raptar
aquella mujer durante horas y regalarme una conversación con mi memoria a
través de su recuerdo. Pero no podía ser, América iba sola, ahora que recuerdo
siempre fue sola. Temí que mi entusiasmo me arrastrara a abusar de su
gentileza, y me despedí. ¿Sigue viviendo
en el mismo lugar? ¿puedo pasar por su casa? Puedes, puedes ir.
Desde que recuerdo América vive
frente a la estación de trenes, en la frontera visible entre el Bayamo de la
tradición, el que va a cumplir 500 años y el Bayamo más popular y humilde. Es
una casa construida muy probablemente en los años 40 del siglo XX, desde su
portal se ven pasar decenas de coches tirados por caballos, miles de pasajeros
en un ir y venir que es cada vez más frenético y caótico. Desde su portal se
ven todos los bayamos mutar. Desde
ahí conversamos, esta vez bajo la presión de mi regreso a La Habana y un viaje
para el que solo faltaba una hora. Pensé
que no ibas a venir, Aquí estoy, como le prometí.
Nuevamente fue una conversación breve. Ella estaba atareada en medio de los
quehaceres de la casa. Usted era maestra
normalista verdad?, Sí, me gradué en 1956, en la escuela normal de maestros de
aquí de Bayamo.
América enseñó sus primeras lecciones en la escuela Carlos Manuel de
Céspedes, en la calle Céspedes. Pongo cara de quién no sabe, porque no sé. Me
nota perdida y me ayuda. Es donde está
hoy con la Compañía Eléctrica. Ah!

La recuerdo perfectamente,
imperturbable ante la algarabía de la chiquillada, elegante, altiva, perfecta.
Solo la inquietaba mi "conversadera" imparable. Ha pasado por todos los puestos del aula, habla con todo el mundo, se quejó un día con mi mamá.
Aquella mujer era severa con sus alumnos, aunque ahora advierto que era,
sobretodo, severa consigo misma, por nosotros. Me llamaba la atención que
vestía, caminaba y hablaba diferente del resto de los maestros. Si cierro los
ojos puedo verme escudriñando sus zapatos cerrados y elegantes, sus medias, sus
faldas a media pierna, sus blusas de mangas y sus ojazos verdes, paralizándome
cuando me descubría hablando otra vez.
América fue mi maestra durante dos cursos, así de dichosos fuimos los que
estábamos en aquella aula al final del pasillo, la más calurosa de todas las
aulas, cuyas ventanas habían sido arregladas por el padre de Yeni, mi amiguita.
No tuve tiempo de preguntarle porqué aquella maestra normalista, que vivía del otro lado de la línea, fue a parar a
la escuela Amado Estevez Bou, en medio de un barrio humildísimo poblado por
gente que bajó de la Sierra con el ciclón Flora, en el 63. Ahora, mientras hecho un
vistazo indiscreto a las fotos de su casa entiendo un poco por qué.
Mi maestra se esforzó en enseñarme que no se habla en clase, no tuvo éxito en controlar mi deseo infrenable
de contar historias, pero me enseñó a
escribir familia, amor, hombre, mujer, Bayamo, coche, Rosa la Bayamesa,
lectura, patria, libertad.
América tiene 76 años y una lucidez admirable. Cuando me dio la isquemia mi sobrino botó los registros de mis
alumnos, tenía guardados todos los registros, desde el primer día que empecé a
trabajar. Y comienza a hablarme de algunos de mis compañeros de clase,
ahora sé que me recuerda perfectamente. El
maestro es el ejemplo del alumno, lo dice con convicción y un poco de
dolor.
Me tengo
que ir, tengo que estar ya en el aeropuerto, ya estoy atrasada. Me tengo que ir pero quiero
quedarme a oírle sus historias, sus lecciones, a escucharle sus ojos, esta vez –lo juro- en silencio.